La educación sistemática y su contribución a la prevención de accidentes

Se ha trajinado excesivamente a la educación en los últimos tiempos, o para colocarla en la cúspide, virtuosa y soberana, o para execrarla. Se la ha invocado con demasiada insistencia, a veces, devotamente, otras veces, con tono severo y hasta recriminatorio, como si fuera, en una versión la panacea frente a todos los graves problemas del tiempo que se vive, y en la otra versión, paradójicamente, como si debiera responsabilizársela de todos los males. Es decir, se la ha trajinado y se la ha invocado para proclamarla salvadora o, por el contrario, para declararla culpable.

Se recurre a ella porque puede proporcionar todas las bendiciones y todos lo dones, o se la increpa porque no hizo lo que le correspondía hacer, ni lo hace, o porque quedó demasiado atrasada, o porque se conformó con mirarse a sí misma y aislarse, descomprometida en relación con su sociedad y con su tiempo.

En direcciones contradictorias, se ha dicho y se dice tanto que termina por no resultar fácil asumir la educación, ubicarse objetivamente frente a ella y relacionar su acción y sus resultados a los que espera y requiere la gente en circunstancias particularmente graves como la que viven en la actualidad.

En todos los casos, la educación resulta el centro de las preocupaciones generales y el pivote inevitable de la esperanza y los nuevos horizontes.

Empecemos por dimensionarla, no se trata sólo de pensarla en relación con lo que ocurre de educativo en las escuelas y universidades, con ser tan importante indiscutiblemente básico y determinante de ulteriores avances hacia niveles más altos y en territorios más abiertos.

Hay otro campo de acción, vasto y creciente y de eficacia ratificada y ampliada con el progreso tecnológico, en el que se dan nuevos protagonismos y con el que se ganan más beneficiarios, más oportunidades y más espacios para la información, la trasferencia de conocimientos, la motivación del pensamiento y la reflexión inteligente para la puesta en marcha de las responsabilidades individuales y sociales. Se trata de objetivos de la educación que se alcanzan, regularmente sin técnicas ni intencionalidad pedagógica, por vías no convencionales, a través de lo que se denomina educación no formal y que tiene una gran significación con presencia cada vez mayor y un reconocimiento que crece en la sociedad y en los estratos políticos.

En nuestro país, la Ley Federal de Educación por primera vez en la historia de la legislación argentina, ubica a la educación no formal en el rango que le corresponde. Además, plantea interesantes tareas a desarrollar por parte de las dirigencias de la educación y de la política, asegurar la coherencia e integrar las acciones educativas de las instituciones formales y no formales. De este modo, la Ley instala en el escenario un gran tema y define un desafío mayor que, como tal, no puede eludirse ni postergarse.

El qué y el para qué de la educación

Los contenidos de la educación y los mensajes culturales de las instituciones educativas han expresado regularmente el tiempo histórico y el contexto social de comunidades que consideraban necesario y válido el hecho educativo. No ocurrían en la estratosfera, ni eran atemporales, respondieron siempre a una concreta coordenada de espacio y tiempo, al margen de quiénes y cuántos fueran los beneficiarios de los servicios educativos.

En etapas históricas predemocráticas (o antidemocráticas), la educación fue privilegio de elites o de minorías. Bajo sistemas republicanos, el horizonte de la educación incluye a todos los miembros de la sociedad y las acciones de gobierno apuntan al progresivo crecimiento cuantitativa y cualitativo, de modo que los sectores sociales de la comunidad completa puedan, permanentemente, acceder a los niveles más altos de formación y capacitación. Se trata de que la educación se expanda en los cuatro rumbos de la sociedad y que las oportunidades operen siempre a favor de todos, sin distinción de clases y sin discriminaciones de ningún tipo.

El tiempo que vivimos ha creado situaciones inéditas y complejas a los sistemas educativos y a la educación en general. Como que el descomunal progreso científico-tecnológico y la inmensa acumulación de información y conocimientos han desbordado las tradicionales capacidades de asimilación y trasmisión de los currículos escolares y universitarios, los han descolocado y han sufrido un grave desfasaje. Es que se dieron ritmos distintos entre el funcionamiento de las instituciones educativas y la enorme y veloz producción científica y cognoscitiva. La escuela y la universidad han quedado atrás y no les resulta fácil acelerar su marcha para ponerse al día y acompañar sincrónicamente el progreso de la generación de conocimientos y de la ciencia en su conjunto.

Y no sólo se constata la asincronía. El volumen de los progresos alcanzados y, consecuentemente, de los repertorios para la información y la capacitación ha excedido lo que fueron hasta hace pocos años los niveles y las posibilidades de absorción de los currículos escolares. Han terminado por producir una gran conmoción en las estructuras convencionales y, particularmente, a la hora de elaborar los currículos.

Qué conocimientos han de trasmitirse e incorporarse durante la experiencia escolar, cuáles y cuántos en cada nivel del sistema. Para qué etapas del educando, con qué recursos tecnológicos y humanos para la constante actualización de los profesores, con la escuela como está o con otro tipo de servicios, dentro y fuera de los ámbitos convencionales, con el objeto de ampliar los horizontes cognoscitivos y posibilitar la puesta al día, unidas acaso las instituciones de educación formal con formas y alternativas de educación permanente . Estos y muchos más son problemas que han de asumirse frente a estructuras educativas en crisis y que se ven en mora y hasta superadas, por vertiginosos y abrumadores avances que se verifican extramuros de escuelas y universidades.

Lo paradójico es que se trata de acciones y de servicios que, justamente, han sido creados y son sostenidos para atender necesidades y expectativas de la sociedad y, en consecuencia, debieran servirla eficazmente. Y la eficacia tiene que ver con idoneidades profesionales y con contenidos de aprendizaje que se correspondan con la realidad, nunca tan dinámica como la actual y, a la vez, tan compleja y desconcertante, con sus múltiples facetas, sus deslumbrantes progresos, sus fabulosas promesas y sus apabullantes riesgos y asechanzas. Todo en grandes dimensiones y con perfiles gruesos, hasta dramáticos, mientras la escuela y las instituciones de la educación aparecen aliadas a conocimientos que envejecen con demasiada rapidez y a estilos y demandas con vigencia disminuida, reclamantes de nuevos modos y de mensajes distintos.

Lo que hasta hace pocos años era apenas sensación, acaso mera sospecha, el atisbo de una necesidad de estremecimiento y renovación hoy es categórica e irreversiblemente la convicción, firme y lúcida de que las instituciones educativas requieren trasformaciones de fondo, cambios abarcativos, profundos y perentorios. Porque ya no alcanza con retoques ni con cosmética de superficie, tampoco con reformas para este sector del sistema o para aquel otro. De lo que se trata es de mutaciones estructurales y en el universo completo del mundo educativo, que inicia a las escuelas y las universidades, y también al conjunto de acciones y propuestas de la educación no formal.

De un modo u otro, han de darse y desarrollarse políticas, legislaciones e iniciativas sociales que actúen en alianza, explícita o implícita, y que impliquen el propósito político y comunitario de educar a todos en relación con los tiempos que se viven, con sus realidades y con sus proyecciones. Las dirigencias y las sociedades deberán tener siempre bien claro el qué y el para qué de la educación de hoy y del futuro.

Tiempos nuevos, temas nuevos, problemas nuevos

No es original en nuestro país, y tampoco en otras latitudes del mundo, que se hable de reformas educativas y, además, que se intenten y se lleven adelante modificaciones e innovaciones en los sistemas de trabajo y en el plano metodológico, y que se alterne, con añadidos por lo general, los contenidos de la enseñanza.

Lo común y lo más expedito es que frente a la constante aparición de temas nuevos se recurra al fácil recurso de ampliar los programas de estudio y agregar materias a las que integran los planes en vigencia. Como que lo nuevo se yuxtapone a lo que ya estaba instituido, no siempre con organicidad y coherencia, ni tampoco con criterio integrador y selectivo. Se abre el currículo a más enciclopedia y el educando ha de sumar más repertorios a su información y más tiempo para la tarea de "engordar" su erudición.

Sobre esta compleja cuestión no siempre se han madurado las soluciones más inteligentes y operativas, ni se han medido y sopesado los conocimientos y las experiencias que resultan realmente necesarios para los sucesivos "momentos" de los sistemas educativos y para la diversidad de intereses y requerimientos de quienes se educan y se capacitan. Aparecen así lo que podríamos denominar respuestas burocráticas para la coyuntura, en lugar de respuestas curriculares técnicamente valiosas e integradas en un proyecto educativo actualizado y funcional respecto de lo que demanda y espera la sociedad.

En este sentido han de darse soluciones nuevas para problemas nuevos. No se trata de sumar, ni de agregar porque sí. Ya no son suficientes, ni eficientes, los técnicos en currículos que trabajaban en el encierro de sus gabinetes y, por lo regular, marginados de la dinámica y compleja realidad que los rodea. Ni tampoco es tarea de meros especialistas.

Se trata de una cuestión fundamental de la escuela de nuestro tiempo, que debe ser asumida por protagonistas plurales, que deben integrarse en el trabajo y en los resultados; los técnicos de la educación y los educadores, por una parte, y por la otra, quienes han de participar en la vida escolar a través de mecanismos institucionalizados, porque la educación les atañe y porque frente a ella tienen concretas e indudables responsabilidades. Así es, o debe ocurrir, en la sociedad democrática; la participación de los docentes, de los padres de familia, de representantes de entidades no gubernamentales diversas, de empresarios y dirigentes sindicales, etc.

Seguramente, a estas instancias de la participación plural corresponderá expurgar lo viejo y lo innecesario, diferenciar lo importante de lo secundario, acentuar lo que opere a favor de la mejor educación, preservar y actualizar lo que sirva al más alto interés individual y social, y destacar lo que desde la institución educativa ha de contribuir a la formación y la capacidad de la persona humana, desarrollada en plenitud y libremente, con las idoneidades requeridas por su contexto social y nacional y solidaria con su prójimo y con el género humano.

Ha ocurrido hasta hoy que gran parte de los nuevos temas no ha ingresado en la experiencia escolar. Nos referimos en particular a los que han surgido con los fabulosos avances de la ciencia y la tecnología y las condiciones de vida inédita, en la ciudad y en las zonas rurales, en las sedes familiares y escolares, en los ámbitos de la producción y el trabajo, que advinieron como consecuencias justamente de las nuevas realidades tecnológicas.

Sólo algunos aspectos parciales de las innovaciones y los cambios han asomado a la escuela, sin que las mutaciones en los modos de razonar, de relacionarse, de transitar y de vivir en la nueva realidad se hayan asumido, no sólo en los ámbitos escolares sino por lo regular en los ámbitos familiares. Unos y otros han quedado al margen de los progresos, las trasformaciones y las nuevas reglas de juego que funcionan en la sociedad y en el mundo. Con lo que no sólo se verifican desfasajes y desconciertos; surgen problemas nuevos, aparecen riesgos de diversa índole, se viven perplejidades y temores que resultan, en rigor, absurdos y contraproducentes. Porque el progreso tecnológico no vino a instalarse para problematizar y dificultar la vida social de las familias y las personas; por el contrario, el progreso ha de resultar una bendición y debe servir del mejor modo a la vida humana. Y para que así sea, le cabe a la educación una tarea decisiva, de protagonismo mayor.

Que la realidad ingrese en la escuela y en los currículos

La educación contiene, debe contener, valores, conocimientos básicos y experiencias fundamentales que son de siempre, de ayer, de hoy y del futuro, y que no son objetables ni discutibles. Sobre ellos hay una tácita coincidencia social y cultural, y sobre esta plataforma se construyen los currículos de las instituciones educativas.

De lo que se trata, justamente, es de analizar, con lúcida conciencia de la realidad y en función de los tiempos que se viven y en sus proyecciones, el qué y el cuánto de lo que debe incluirse en los currículos para complementarlos y para integrarlos con la realidad y con la sociedad del tiempo.

En este sentido, no se está, por cierto, frente a una cuestión simple, ni resulta fácil definir fórmulas que puedan resultar válidas para largas etapas de la vida escolar. Por el contrario, debe comprenderse que los currículos han de ser dinámicos, porosos para ir absorbiendo puntualmente los cambios y las nuevas realidades, abiertos para la permanente puesta al día y los ajustes y reajustes que surjan de los avances científicos y culturales, y de las propuestas que provengan de la participación social.

Cabrá, en consecuencia, que se instituyan estadios y momentos de las actualizaciones curriculares, de modo que se eviten los desfasajes de las asincronías, y que puedan ejercerse siempre las iniciativas, tanto las que surjan de los más altos niveles de la decisión política hasta las que provengan de la vida de todos los días en las propias entidades educativas.

Los currículos han de ser el resultado de un trabajo progresivo y colectivo, producto maduro y consensuado de la alianza constituida por políticos de la educación, técnicos y docentes, y por representantes de los sectores incluidos en una efectiva comunidad educativa. Nacen, deben nacer, en los Ministerios de Educación y los Consejos Federales, han de transitar por las instancias jurisdiccionales (provincias y municipios) y han de recalcar finalmente en las escuelas para que allí culmine su elaboración y, en definitiva, se apliquen en la concreta relación docente-alumno-comunidad.De este modo y a través de estos itinerarios, con el aporte de quienes por diversos motivos e intereses están involucrados en la problemática educativa, será necesario y posible construir los currículos escolares.

Se debe tener en cuenta, sin embargo, que hoy se pretenden atribuir a la escuela y al docente temas y problemas que por lo general exceden y para los que no siempre disponen de la idoneidad y los medios necesarios, Sin olvidar tampoco que permanentemente se intenta volcar sobre las instituciones educativas, funciones y tareas que no le son propias y que expresan oportunidades y deberes que les incumben a la familia y a la sociedad en su conjunto, con lo que se crea en este orden de cosas una gran confusión y advienen como consecuencia, dificultades grandes a la hora de definir objetivos y contenidos de planes y programas de estudio. Veamos algunos ejemplos:

Si hay carencias en el ejercicio de los deberes cívicos y vicios en la vida de los partidos políticos, aparece la escuela como responsable por no haberle inculcado a los alumnos la suficiente cultura específica y, consiguientemente la conciencia de la ética que le incumbe al ciudadano.

Si en el país se evade el pago de impuestos y por esta vía se disminuyen los recursos del estado y la posibilidad concreta de atender en sus justas demandas a la educación y los demás sectores sociales, seguramente ocurrió que en la instancia escolar no se brindó la necesaria educación tributaria y todo lo que moralmente gira en torno a esta problemática.

Si en las canchas de fútbol actúan violentamente las "barras bravas" y se producen disturbios y quedan sobre los tablones las víctimas de las agresiones, los heridos, hasta muertos, la educación no hizo lo que le correspondía, para formar a los jóvenes en el "fair play", la sana competencia y el respeto por el prójimo.

Y así, muchos y diversos podrían ser los ejemplos de los que se les reclama a las instituciones educativas y que debiera incluirse en los currículos de la escuela.

En contraste, para toda la sociedad, sin embargo, la escuela sigue siendo la panacea para la solución de todos los problemas.

No corresponde en esta circunstancia dar respuesta a todo lo que se espera de la escuela y que, realmente, presupuestalmente, debiera incluirse en los currículos escolares. Pero será útil, por ahora, que señalemos algunas áreas de significación evidente y justificadas por la experiencia de la realidad.

La preservación física, moral y espiritual

Con un sentido general, se educa para que el ser humano tenga conciencia de sus derechos y de su dignidad personal, para que conozca y preserve su cuerpo para que eluda ámbitos y sistemas de vida que puedan afectarlo, para que se cuide a sí mismo, a su familia, y a los demás, para que desarrolle sus actividades normalmente, en paz y con eficiencia.

Pero en la actualidad, el avance tecnológico, los estilos de convivencia y de trabajo y las formas nuevas en las relaciones humanas y sociales, plantean problemas inéditos y reclaman de las familias, la escuela y la sociedad respuestas apropiadas. Que no son fáciles y que no tienen una sola receta, sabia y todopoderosa. Se trata de vastos y graves problemas de la sociedad actual, de grandes riesgos y peligrosas acechanzas, que hasta hace poco tiempo eran propias de las naciones desarrolladas y prósperas, hoy lo son de todas las naciones, prácticamente.

La Argentina es la nación que ostenta, dramáticamente, el más alto índice de muertos en accidentes de tránsito. Es una patética realidad. No puede dársele la espalda a este problema y debe asumírsele desde la escuela, seguramente que con educación vial, extensa, eficiente y profunda, y con algo más. En esta cuestión, además, deberán concretarse acciones con los medios de comunicación social (educación asistemática, no formal) y con múltiples entidades intermedias, de modo que coadyuden al mismo objetivo las prevenciones y los mensajes de la comunidad organizada completa.

Similar política y coincidentes acciones educativas corresponde aplicar y desarrollar frente al extendido y creciente flagelo de las drogas y la serie de nefastas consecuencias ligadas a ellas (sida, violencia familiar y social, crímenes, etc.). La educación formal y la no formal, los profesionales, las familias, las confesiones religiosas y las diversas entidades intermedias tienen roles fundamentales e insoslayables que cumplir. Todos han de trabajar coordinadamente y sus acciones han de responder a los objetivos concertados, de tal forma que pueda calarse hondo en la conciencia juvenil, y en la de toda la sociedad, y también transmitir información y conocimiento que son imprescindibles para la racionalidad y la adopción de actitudes inteligentes frente a estas problemáticas. A las motivaciones éticas debe agregárseles capacidad de razonamiento y sentido común.

En otro orden de temas, también la educación sistemática debe madurar, mejorar y ampliar su prédica formativa, su capacitación científica y sus actos concretos a favor de la prevención del deterioro de la naturaleza y la formación de una sólida conciencia ecológica. Se han dado importantes pasos adelante pero todavía queda mucho por hacer, hacia dentro y hacia fuera, hacia la comunidad. Los caminos ya están abiertos y deben continuar los tránsitos, con más ingenio, creatividad y continuidad.

Seguridad, prevención de riesgos y la salud protegida en todos los espacios

En nuestro país (Argentina), se viene trabajando con rigor y eficiencia, desde hace muchos años, la cuestión de la seguridad y la higiene del trabajo, la prevención de riesgos en ámbitos laborales y en su amplio espectro, la salud ocupacional. Desde la década del 40, al menos, tenemos literatura y materiales orientativos sobre estos termas, y se han extendido a todo el escenario nacional la prédica y los servicios para que, particularmente en los escenarios de la actividad industrial y agrícola, se actúe responsablemente y se apliquen las previsiones y los códigos que protejan a los trabajadores, los técnicos, el personal de planta, es decir, al conjunto de recursos humanos que movilizan y dan sentido, concretamente, a los fines de las empresas.

Resta extender la problemática y la capacitación en estos temas de la prevención de riesgos, la higiene y la seguridad, abiertas a todos los ámbitos, incluido el hogar, la escuela y la vida urbana y rural a toda la comunidad. Las mismas razones que impulsan a resguardar a las personas de los posibles accidentes en sus sedes laborales son las que justifican ampliar la preocupación y las acciones preventivas y educativas al "hábitat" regular de los niños, los adolescentes y los jóvenes (con los adultos también, por supuesto), en el tiempo de la familia, de la escuela, de la recreación y de los movimientos en la ciudad y en el campo.

No se trata de acciones esporádicas, ni de espacios demasiado acotados para objetivos de la educación que deber ser abarcativos y que deben tener a la comunidad como destinataria. Por cierto que los problemas y las respuestas adecuadas han de responder a lo propio de cada ámbito, lo que corresponda al mundo de la empresa, al del hogar, al de la escuela, y así a los diversos espacios con características específicas.

Seguramente, la inclusión en los currículos entre los objetivos y contenidos de la educación sistemática, de la prevención de accidentes, a la actitud y los recursos psicológicos y tecnológicos frente a los riesgos, la higiene y la preservación de la salud global, implicará, por un lado, una porción de aprendizajes y experiencias referidos a los que corresponde a las áreas particulares. Lo importante es que la problemática sea asumida en los currículos de los diversos niveles y modalidades del sistema educativo.

Habrán de plantearse perentoriamente estas inquietudes y requerimientos a las autoridades políticas nacionales, de las jurisdicciones (provincias y municipios), de los Consejos Federales y de las entidades representativas de diversos sectores de la educación. Paralelamente, valdrá que se intente advertir sobre esta problemática, y se solicite colaboración, a quienes detentan capacidad decisoria en los medios de comunicación y realizan educación no formal. En su oportunidad, los dos andariveles (la educación sistemática y la no formal) deberán articular e integrar objetivos y acciones.

Mientras tanto, hay deberes que cumplir. Debe empezar a armarse la propuesta curricular y ha de ser tarea mancomunada de técnicos de la educación y técnicos de la seguridad y la prevención de riesgos y accidentes. Se trata de ayudar desde afuera y de ejercer el derecho a la participación social en la educación.